Inscripciones abiertas para el título propio de Experto en Historia Pública, liderado por la UAM y AEHP

La Universidad Autónoma de Madrid y la Asociación Española de Historia Pública han anunciado la apertura del proceso de inscripción para el título propio de Experto en Historia Pública, que se llevará a cabo desde octubre de 2024 hasta abril de 2025. Este programa tiene como objetivo principal satisfacer la creciente demanda de la sociedad por conocer su historia, dialogar con su pasado y producir nuevas narrativas.

El título de Experto en Historia Pública está diseñado para abordar la necesidad de formación de historiadores profesionales en la comunicación con públicos y lenguajes que van más allá del ámbito académico tradicional. El programa busca ofrecer a los estudiantes una visión global de la historia pública, permitiéndoles conocer sus principios teóricos y sus aplicaciones prácticas en diferentes ámbitos, canales y contextos.

Además, se pretende establecer un diálogo fructífero entre la historia académica y otros actores que participan en la construcción de nuevas narrativas históricas, como los ciudadanos que contribuyen a través de debates públicos, cómics, literatura histórica, videojuegos, blogs, redes sociales, entre otros formatos.

Los objetivos del programa incluyen despertar el interés por la historia pública entre los estudiantes, formar a personas capaces de trasladar los conocimientos adquiridos a sus ámbitos de especialización y fomentar la capacidad de idear y llevar a la práctica proyectos enmarcados en la corresponsabilidad cívica.

Los interesados en participar en este programa pueden obtener más información en este enlace.

Acto digno de censura: escribir en contextos autoritarios: historia, memoria y experiencia

La tarde del jueves 30 de mayo de 2024 se realizará en la librería Traficantes desde las 17:15 hasta las 20:45, el panel debate “Escribir en contextos autoritarios: historia, memoria y experiencia”, organizado por Eduardo Tamayo Belda, Carlota Matesanz Sanchioli y Gonzalo Vitón (investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Universidad Complutense de Madrid).

Esta jornada, de acuerdo con lo informado por la librería Traficantes, «lejos de pretender convertirlo en un acto exclusivamente académico, este panel debate ofrecerá a las personas asistentes dos mesas consecutivas donde los y las panelistas ofrecerán, de manera breve, sintética y accesible, algunos de los puntos principales de lo que supone escribir en contextos autoritarios, para enriquecer el debate entre ellos y ellas —y con el público asistente— a continuación de sus intervenciones. El objetivo principal del encuentro es reconstruir las identidades de esos reales e hipotéticos escribientes sometidos a libertad restringida, y pensar sobre ese sujeto que escribe en un espacio autoritario, sobre las dificultades que enfrenta y acerca de las soluciones que encuentra a ese contexto«.

Más info: https://traficantes.net/actividad/acto-digno-de-censura-escribir-en-contextos-autoritarios-historia-memoria-y-experiencia

¿Colonialismo o abandono de la madre patria?

Columna de Jesús Izquierdo Martín y Emiliano Abad García, de la Asociación Española de Historia Pública
Publicada por InfoLibre el 17 de febrero de 2024
Puede leer el original aquí

El pasado es aquello que ocurrió y la historia es el relato de lo acontecido. Este podría ser el punto de partida para confrontar el debate sobre la descolonización que se va abriendo paso en la sociedad civil española. Si la historia es narración del pasado, entonces caben tantas interpretaciones como posiciones cambiantes de los grupos o individuos que lo enuncian. Y es que la sociedad no es consenso en torno a la verdad, sino conflicto: sin este, no habría ni pasado ni historia, no habría, en fin, actores en movimiento ni relatores que mudan a la vez que cuentan tales acciones. Ahora bien, hay también momentos de precario consenso. Lo sabemos porque en torno a nuestra relación con América, los saberes/opiniones conservadores y progresistas del país no han dejado de compartir una imagen a-conflictual entre España y las culturas indígenas americanas. Para muestra, un botón: el discurso que emana del Museo de América es el principal aval de esta vinculación dadivosa entre los que daban -religión, idioma y cultura- y los que la recibían con gratitud. No hubo conquista; hubo descubrimiento. Los dos momentos fundacionales del museo, el franquista y el democrático, han mantenido esta interpretación sin fisuras, como si el conflicto fuera contraproducente para el sostenimiento de una identidad -la nacional- en la que todo es América. Sin ella, no somos. Nos une, nos teje, nos respalda, en el tiempo y en el espacio. Por eso cualquier manifestación sobre la descolonización de nuestro pasado tiene el efecto que mentar a la bicha de la “ruptura de España”: hay demasiado en juego, más incluso que la manida ley de amnistía.

Es palmario el empecinamiento de determinados medios de comunicación por descalificar al ministro de Cultura debido a sus declaraciones relativas a la descolonización de los museos españoles siguiendo la pauta de Bélgica. Como eurodiputado en Bruselas, Ernest Urtasun fue testigo de un proceso de ajuste poscolonial -una reinterpretación democrática de los relatos colonialistas- en relación con el principal museo sobre la presencia belga en la República Democrática del Congo. Ni es nuestra postura ni creemos que ambos casos sean parangonables. Pero, sobre todo, no compartimos la posición tan manida de aquellos medios de apelar a intelectuales y expertos afines para avalar un argumento o un mero enunciado, como si fueran una legión monolítica que abogara por despejar las dudas sobre nuestra vieja relación con terceros a partir de un único axioma: el vínculo hispanoamericano fue imperial y se desarrolló a partir de reconocimiento mutuo entre súbditos -y luego ciudadanos- iguales. Es difícil aunar posiciones cuando se esgrimen axiomas que obedecen más a fijaciones identitarias -la nación española- que a la apertura de un debate democrático entre ciudadanos. En nuestro caso, no estamos por la labor de erigir una verdad absoluta frente a quienes consideran que sus enunciados han sido profanados. Lo que queremos es suscitar algunas dudas con el objetivo de tensionar las interpretaciones esencialistas de lo hispano frente a la alteridad.

La lectura conservadora -y no tanto- de nuestro vínculo con América sigue sosteniendo que con aquellas poblaciones y territorios no se construyó ningún vínculo colonial: las Indias conformaron lo que se consideraba Nueva España y nuestra relación fue la de un imperio que logró hibridar, emancipando, grupos autóctonos principalmente mediante el catolicismo y el castellano. Se puede asumir técnicamente este supuesto; pero ¿no tiene esta categorización más que ver con un formalismo político-legal inventado por los juristas -el “requerimiento”- que con una relación social? La práctica expansiva española “requería”, desde la autoridad papal y regia, a los indígenas para que se convirtieran en vasallos del rey, súbditos que, al igual que los españoles peninsulares, podían acudir a los tribunales, aunque no hablaran castellano ni supieran muy bien las razones de la injerencia de un poder externo. Un español, para nada sospechoso de “proindigenismo”, Martín Fernández de Enciso (1469 – c. 1533), cuenta así la respuesta que le dieron los indios Sinú (Colombia) a un requerimiento según el cual el “Santo padre como Señor del universo había hecho merced de toda aquella tierra de las Indias y del Cenú al rey de Castilla”, a lo que los indígenas respondieron que “el Papa debería estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo, y que fuese allá á tomarla que ellos le pondrían la cabeza en un palo”. Vasallaje coercitivo. Aun así, supongamos que, a la larga, el requerimiento generaba igualdad entre aquellos españoles de ambos lados del océano Atlántico.

Ahora bien, ¿qué igualdad podría establecerse a partir de la construcción de unas relaciones que “subalternizaban” o excluían a unos en detrimento de otros: que desmantelaban sentidos de vida autóctonos, que prohibían el comercio libre, que montaban una economía extractiva de materias primas y de excedentes indígenas, que limitaban la circulación de los súbditos como consecuencia de la castellanización que hasta bien entrado el siglo XVIII restringió la presencia en América de otros reinos peninsulares, excluyendo a los castellanos conversos y privilegiando a los hidalgos de sangre o de estatuto comprado. Fueron estos últimos los que emularon la sociedad señorial peninsular, la que quedaba en territorio europeo, los que, como no podían trabajar -en eso consiste también la hidalguía-, ejercían sobre los indígenas prácticas neofeudales de servidumbre. En suma, ¿qué relaciones pro-hidalgas eran estas que acentuaban el orgullo racial de los españoles y, posteriormente, el alarde criollo? ¿Vínculos de igualdad? ¿De qué demonios estamos hablando?

Los indígenas fueron situados en posiciones de servidumbre hasta el siglo XX. Y, si no eran ellos, el mercado de esclavos africanos conseguía abastecer con abundante mano de obra las necesidades hispanas. En este caso, ni siquiera eran sujetos de derecho

Podemos incluso así seguir insistiendo en que no hubo colonialismo. Vale, bien, continuemos por este derrotero y ahondemos en una servidumbre que ya no se ejercía sobre pecheros y moriscos, como en la península, sino sobre los indígenas. Los españoles -ya mayoritariamente hidalgos en América- pensaban que su condición implicaba ser servidos. No podían esclavizar a los indígenas porque el derecho romano no aceptaba la esclavitud más que por derrota militar en guerra justa. Y se entendía que la guerra indígena era defensiva. Ahora bien, dispusieron de un mecanismo crucial, la encomienda, para conformar la nueva sociedad señorial en la que fue entrando progresivamente la monarquía. Este fue el principal dispositivo con el que los indígenas fueron situados en posiciones de servidumbre o cercanas a ella hasta el siglo XX. Y, si no eran ellos, el mercado de esclavos africanos conseguía abastecer con abundante mano de obra las necesidades hispanas. En este caso, ni siquiera eran sujetos de derecho. En suma, ¿qué hacemos con los esclavos comprados y vendidos por la cuarta potencia en el ranking del tráfico de esta mercancía humana? ¿Lo seguimos borrando de nuestro pasado en una historia de ignominia? ¿Qué clase de memoria es esta?

Decir, tal y como se publicó en los principales periódicos de España, que “no hay nada que descolonizar” porque “España no tuvo colonias, tuvo virreinatos” es de un cinismo nominalista muy poco riguroso. La India también tuvo virreyes y, sin embargo, casi nadie en su sano juicio se atrevería a decir que la India no fue colonia del Reino Unido. Esta “pirueta semántica”, ya denunciada por historiadoras como Marisa González de Oleaga o José Antonio Sánchez Román, es muy sintomática de quienes se niegan a abrir el debate sobre la memoria colonial en España. Pero, continuemos el juego e insistamos con vehemencia negando una vez más la relación colonial, enalteciendo el glorioso vínculo imperial. Reaparece, sin embargo, el “Pepito grillo” de la conciencia con una nueva pregunta: ¿es que el imperio español no empleó las estructuras materiales de los indígenas en la medida que le fue posible porque su forma de conquista, lejos de consistir en la destrucción de lo precedente, implicaba la apropiación de excedentes? Aquello no era Norteamérica. Acostumbrados a las expediciones de conquista del territorio en la península y en el norte de África, los guerreros hispanos convertidos en baja nobleza y ubicados en una red de ciudadanes colonizadoras, tenían muy claro cómo logar recursos y promoción social una vez que el imperio otomano había cortado su expansión por el Magreb. Con todo, nos dirán, hubo mestizaje, lo que significa ausencia de racismo hacia los indígenas. Pero ¿este mestizaje no está más bien relacionado con la modalidad hispana de emigración de varones solteros (o casados, pero sin la esposa) que se alimentaban de las estructuras productivas locales, ocupando grandes extensiones en busca de siervos y oro ajenos al trabajo prolijo que fue común en la colonización anglosajona? Los españoles tuvieron que convivir con los indios en un entramado de colonización extensiva -no intensiva, como en Norteamérica-, que dio lugar a un enorme sufrimiento y que a menudo resultó en una muerte -para los indígenas, sin sentido, sin significado según sus cánones de muerte ritualizada- en la hoguera o en las fauces de los perros llevados por los conquistadores. En todo caso, nos dirán, nos mezclamos y ellos -los gringos- no lo hicieron. Cierto es, pero esta afirmación solo implica echar balones fuera. Es el argumento sempiterno.

Veamos ese pasado desde otro lugar: el imperio español como fórmula política. No obstante, retornan las preguntas: ¿la idea de imperio en América no resulta algo extraña cuando consideramos que no había un plan integral de diseño imperial, un plan que los Austrias sólo precisaron con el establecimiento de dos virreinatos en México y Perú que se ubicaban en las cuencas mineras con las que alimentaban sus tropas europeas? Cierto, los Borbones complejizaron aquella estructura, aplicando un sistema de contrapesos cuyo fin era que ningún poder fuera dominante, asegurándose así el arbitrio regio en las disputas. Pero aquello, como sostiene el filósofo e historiador José Luis Villacañas, aparece más bien como una permeable estructura política de endebles equilibrios que se desparramaba sobre áreas selváticas ajenas al control español y poblaciones locales a menudo traumatizadas que a veces daban lugar a motines populares motivados por el declive de los linajes indígenas. Se puede alegar que en la segunda mitad del siglo XVIII la intervención regia rompió aquellos débiles equilibrios al controlar a las milicias criollas que cayeron bajo el mandato de oficiales del ejército español. Vale, un imperio, desvaído, pero un imperio.

Llegados a este punto, cabe refugiarnos y plantear el problema en retirada. Los problemas del imperio no comenzaron con las independencias americanas, con esas oligarquías que heredaron posiciones de privilegio y pactaron con las nuevas potencias. Sus problemas comienzan con nosotros, en el presente: cuando su exaltación y la negación de sus vínculos -con su permiso- coloniales solo nos dejan ver sus virtudes y nos impiden entrever todo el sufrimiento perpetrado. Está bien, podemos denominar la relación entre España y América como un dominio imperial de carácter feudal. No obstante, también deberíamos tener en cuenta que, para España, la relación colonial con aquellos territorios siempre fue negada porque aceptarla hubiera implicado que toda agresión contra el espacio americano quedaba al margen del derecho tradicional, un derecho que solo se aplicaba cuando las disputas eran entre sujetos soberanos. Aquellas tierras eran parte de un imperio, sin distinciones jurídicas respecto a la península. Ese era el límite jurídico-político de la noción imperial. Ahora bien, ese límite no excluye las relaciones de poder que, una vez establecidas, dieron lugar a grupos dominados, “subalternizados”, explotados y racializados, población afrodescendiente incluida. En suma, súbditos -cuando lo eran- para nada iguales. Aceptar para el debate estas relaciones no supone asumir culpas con respecto al pasado, no implica flagelarse cual pecador sometido a un acto de contrición. Más bien, entraña hacerse cargo de las responsabilidades cívicas con respecto a los efectos actuales de aquellas antiguas relaciones; hacerse cargo, en suma, de la vulnerabilidad que hoy en día forma parte de las vidas de los otros, de aquellos a los que seguimos ninguneando porque son reos de sus propios actos negligentes: haber abandonado, como hijos pródigos, el seno de la madre patria.

Un pasado incómodo que se rebela

Columna de

Emiliano Abad García y Jesús Izquierdo Martín, de la Asociación Española de Historia Pública
Publicada por InfoLibre el 30 de enero de 2024
Puede leer el original aquí

A partir de las declaraciones realizadas por el ministro Ernest Urtasun, así como a sus repercusiones en redes sociales y otros medios de comunicación, nos parece oportuno realizar los siguientes comentarios: en su primera pregunta, la periodista menciona el Museo Nacional de Antropología, el Museo Nacional del Prado y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Sin embargo, tanto ella como el ministro se olvidan del Museo de América de Madrid: el único museo en el mundo dedicado al continente. El museo reúne al menos dos características que creemos pertinente puntualizar. Primero, este es un museo público, que depende del Estado central, más específicamente del Ministerio de Cultura que ahora dirige el señor Urtasun. En otras palabras, es un museo público que, de alguna manera, exhibe el relato oficial que el Estado y buena parte de la sociedad tienen sobre el “descubrimiento, conquista y colonización” de América. Y cuando decimos “relato”, que puede sonar un poco snob o pretencioso, lo que estamos diciendo es que en el museo se exhibe cómo el Estado y los españoles hemos decidido contarnos nuestra propia historia. Esto incluye nuestra relación con otras culturas, una relación en muchos casos amistosa y de cooperación mutua, pero que en otras ocasiones se tradujo en una relación de poder claramente asimétrica, en donde muchas poblaciones fueron directamente explotadas, esclavizadas, racializadas y/o exterminadas (un proceso que tampoco fue unilateral y que en muchos casos contó con la ayuda y complicidad de las poblaciones locales, lo que no nos quita ni un ápice de responsabilidad). Si nosotros, como españoles, queremos o necesitamos contar esta historia –porque, después de todo, para eso existe un museo dedicado a América, porque nadie nos obligó a tenerlo–, debemos ser capaces de dar cuenta de los pasajes menos nobles y más conflictivos de nuestro propio pasado. 

La segunda característica se centra en los orígenes de la institución. El Museo de América se fundó en 1941. Fue creado por la dictadura franquista como una forma de, dadas las penurias y dificultades de la posguerra, volver a unir a los españoles bajo el paraguas de la “Hispanidad”. Dicho de otra manera, el régimen apeló a la gran gesta del descubrimiento de América como una forma de levantar el espíritu y de llenar de orgullo a los españoles (algo que, por cierto, también hizo el bando republicano con la creación del Museo de Indias en 1937, un museo que, dada su derrota en la guerra, nunca llegó a inaugurarse). Franco murió en 1975 y en 1978 España sancionó su nueva Constitución. En 1981 el museo cerró temporalmente sus puertas para dar inicio a un proceso de reforma de su discurso historiográfico. ¿Por qué? Porque la nueva España democrática no podía seguir celebrando y legitimando el discurso franquista sobre la conquista de América, un discurso basado en la “salvación” y “civilización” de los pueblos americanos, a los que les llevamos la cultura, el idioma y la religión (por cierto, ¿nada arrebatamos?). En 1986 España ingresó en la hoy Unión Europea y empezó a identificarse como un país moderno, “europeo”, plural –de ahí el sistema de Autonomías– y, por supuesto, industrializado. Y no es casualidad que, para celebrar el “regreso” de España al “primer mundo”, se haya elegido el V Centenario del Descubrimiento de América. ¿Por qué, si no, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, dos de los acontecimientos más importantes de nuestra historia reciente, acabaron celebrándose en 1992? Al igual que en la dictadura, la nueva España democrática volvió a recurrir a la historia del colonialismo como una forma de contarse a sí misma; es decir, de definir su identidad y de proyectarse en el exterior. Madrid, la antigua metrópolis, acompañó la efeméride con la reapertura del Museo de América que, si bien debía abrir sus puertas en 1992, retrasos varios hicieron que fuera reinaugurado el 12 de octubre de 1994. Otra España, otro museo y otro relato.  

De nuevo, llama la atención que ni la periodista ni el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, hayan siquiera mencionado el Museo de América. El asombro es todavía mayor cuando recordamos que el nuevo museo fue auspiciado por un partido de izquierdas, el Partido Socialista Obrero Español, que a finales de la década de los ochenta promovió la creación de un nuevo discurso y de una nueva exposición permanente (que, al menos sobre el papel, debía ser distinta a la visión franquista sobre la conquista de América). Este es el discurso que sigue vigente en la actualidad, treinta años después. Ahora bien, cabría preguntarse qué tan científico, qué tan riguroso y qué tan democrático es el nuevo Museo de América, un museo que, paradójicamente, parece ser el gran olvidado cuando hablamos de memoria y colonialismo. En el mejor de los casos, se habla de una especie de “descolonización” que queda siempre reducida a la “restitución” de piezas, tal y como lo hizo el antecesor de Urtasun, el ministro Miquel Iceta, cuando a finales de 2022 abordó el tema, aunque de forma muy breve y precaria, lo que no lo eximió de recibir una gran oleada de críticas, incluso desde los sectores supuestamente más progresistas del mundo académico.  

La periodista y el ministro Urtasun situaron el debate en un contexto de índole internacional, más específicamente europeo. Sin ir más lejos, esta reducción del debate sobre la memoria colonial a la historia de los museos y a la restitución de piezas está siendo la estrategia seguida por los principales países de nuestro entorno con una larga tradición colonial, como Francia, Bélgica o los Países Bajos (y dejamos deliberadamente fuera a Inglaterra, que también se resiste a abrir el debate, al menos en lo relativo a las piezas de origen colonial). Creemos, sin embargo, que quizá el problema no sea tanto las colecciones –como parecen sugerir la periodista y el ministro Urtasun–, sino qué se hace con ellas. En otras palabras, el problema no es tanto quién tiene derecho a conservar los objetos –un debate que hay que dar, consultando a todos los involucrados–, sino qué historia se cuenta y cómo podemos relacionarnos con los acontecimientos más polémicos y espinosos de nuestro propio pasado. Para dejarlo todavía más claro, no tenemos que caer en la trampa de reducir el debate sobre el colonialismo a un debate sobre las piezas, que a veces también incluye la exhibición morbosa de momias y restos humanos, tal y como sucede en el Museo de América. Es más, el museo sigue ignorando todas las recomendaciones éticas y deontológicas de los principales organismos internacionales vinculados a la materia, como el ICOM o la UNESCO. Se trata, por el contrario, no tanto de “restituir” colecciones, sino de “resignificar” relatos, sobre todo en el marco de una sociedad supuestamente plural y democrática. ¿O acaso la sociedad española de 2024 es igual a la sociedad española de la década de los sesenta o de principios del siglo XVIII?

Desde la Asociación Española de Historia Pública creemos que cualquier debate sobre el colonialismo no debería olvidarse del Museo de América, como tampoco debería olvidarse de nuestra gran Fiesta Nacional: el 12 de octubre, Día de la Hispanidad. España celebra su propia existencia –es decir, su historia y su sentido de comunidad– con un acto de conquista que tuvo lugar a miles de kilómetros de distancia, directamente en otro continente; y lo sigue celebrado año tras año. El 12 de octubre es Fiesta Nacional desde 1918, siendo el festivo más longevo y más duradero de toda la historia moderna. Fue festivo durante el reinado de Alfonso XIII, pero también durante la Segunda República, la Guerra Civil, la dictadura franquista y desde la instauración del nuevo régimen democrático. ¿No tenemos acaso otras efemérides, otras formas de relacionarnos con nuestro propio pasado que no impliquen un acto de conquista hacia otros pueblos y culturas? Y aquí tenemos que insistir en que el principal acto oficial del 12 de octubre, Día de la Hispanidad, no es un acto de comunión entre pueblos, sino un desfile militar que, de algún modo, sigue siendo una exhibición de poder y superioridad cultural. Y eso no se reduce en lo absoluto a América, sino que también incluye a Filipinas, Marruecos, el Sáhara y Guinea Ecuatorial. El silencio rampante que el Estado y la sociedad española proyectan sobre la historia del colonialismo atraviesa todo el espacio público. De hecho, muchos jóvenes –y no tan jóvenes– no saben que Guinea Ecuatorial fue colonia española hasta 1968, que en términos historiográficos fue “ayer” o “hace cinco minutos”. Por eso, mientras que las primeras respuestas al ministro Urtasun se centraron en el “qué pasó” –diciendo que el colonialismo español no fue ni de cerca todo lo brutal, racista y sanguinario que sí fue el colonialismo belga–, creemos que este debate debería estar acompañado por una discusión todavía más general, centrado en cómo se recuerda y en qué lugar debería ocupar el colonialismo en el presente (y en el futuro). 

1) En Europa existe una conexión ineludible entre el pasado colonial y el presente multicultural. No es coincidencia que casi todas las comunidades migrantes viviendo en el continente –y, sobre todo, las más pobres y racializadas– provengan de contextos con una larga tradición de conquista, explotación y colonialismo. Es decir, la gran mayoría de “inmigrantes” provienen de países o regiones que en algún momento fueron colonia, no necesariamente de España, pero sí de Europa o, para ser más precisos, de una matriz de expansión claramente moderna y occidental. Al respecto, conviene recordar que el primer crimen juzgado en España por motivos raciales fue el asesinato en 1992 de una inmigrante de origen dominicano y herencia negro-africana, Lucrecia Pérez, convirtiéndose en uno de los grandes resabios del Quinto Centenario del “Descubrimiento” de América. 

2) A pesar de estar presente en casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, nadie –o muy pocos, tal y como se vislumbra en la entrevista al ministro y en todas las reacciones posteriores–, parece ser realmente consciente de la relación entre el pasado colonial y el presente multicultural de la sociedad española. Nosotros, desde la Asociación Española de Historia Pública, creemos que esto es un problema. ¿Por qué? Porque pone en evidencia el gran triunfo del relato franquista, un relato que ha sido asumido de forma directa –sin haber sido revisado ni discutido– por los sectores tanto de derechas como de izquierdas del nuevo régimen democrático. Y la izquierda, lejos de abrazar un silencio basado en la vergüenza o el arrepentimiento, la gran mayoría de las veces acaba reproduciendo casi el mismo discurso de herencia franquista repetido por la derecha. De regreso a las cosas del comer, hemos comprobado que buena parte de la sociedad civil no es capaz de reconocer qué fenómenos contemporáneos como el racismo, la xenofobia o todo tipo de discriminación en los ámbitos de la salud, el trabajo, la educación o el acceso a una vivienda digna también están profundamente arraigados en la historia del colonialismo. En síntesis, la gran mayoría de la población no logra poner críticamente en común los problemas políticos y de integración de nuestras actuales sociedades multiculturales y, por otro lado, las grandes deudas y herencias del colonialismo. 

3) España necesita y se debe un debate serio, crítico y reflexivo sobre su larga tradición colonial. Este es uno de los grandes déficits de la sociedad española, más aún cuando lo comparamos con el estado actual de otros debates análogos como, por ejemplo, el de la Ley de Memoria Democrática, aprobada el 19 de octubre de 2022. No es un detalle menor que, si bien esta fue una ley creada para supuestamente democratizar la memoria totalitaria legitimada por el franquismo, el texto no hace mención alguna a otra memoria también totalitaria y muy poco democrática como es la memoria colonial y/o vinculada a la esclavitud. Y a pesar de lo que digan los grandes defensores de la memoria oficial, España fue un gran centro esclavista, sobre todo del siglo XVII a principios del siglo XIX, con muy poco que envidiar a otras potencias vecinas como Francia, Portugal o Inglaterra (con muchas poblaciones que, lejos de ser deportadas a las colonias, se quedaron viviendo como esclavos en la península, pudiendo rastrear a sus herederos –también españoles, como nosotros– hasta la actualidad). Ahora bien, las actuaciones del Estado y de buena parte de la sociedad en aras de poner en común y problematizar el vínculo histórico de España con la esclavitud han sido insignificantes, por no decir directamente nulos. Sin ir más lejos, durante casi treinta años –de 1994 a 2023– el Museo de América negaba la trata de esclavos y decía, sin que nadie se quejara o protestara, que las poblaciones negras de África habían simplemente “emigrado a América”. De hecho, así se llamaba la vitrina correspondiente: “Emigración Africana”. Perverso, sin duda. 
   
El silencio vergonzante con respecto a la esclavitud o la historia del colonialismo revela que el debate es casi urgente. Pero, de nuevo, no nos referimos a un debate cualquiera, sino a un debate que no sea maniqueo, dicotómico ni moralista. Esto es, a un debate que no se reduzca a una oposición simple e ingenua entre “buenos” y “malos”, a la ya rancia disputa entre la leyenda negra y la leyenda rosa o algo tan poco productivo y fuera de foco como “nosotros no fuimos santos, pero los otros –ingleses, franceses, etc.– fueron peores” (algo así como decir que, a pesar de haberle pegado a mi mujer, yo no soy tan malo, porque mi vecino, de origen belga –para seguir el ejemplo ofrecido por el ministro–, le pega más y más fuerte). Este tipo de debates cancelan la densidad de la historia y la complejidad de lo cotidiano. Es más, nos ofrecen muy pocas herramientas para fomentar el desarrollo de una ciudadanía crítica y responsable, capaz de desnaturalizar el presente y dar cuenta de las relaciones de poder y exclusión que siguen definiendo nuestra vida en comunidad. En otras palabras, se trata de cambiar el mapa afectivo de la conquista no desde lo que pasó hace 500 años –en donde todo queda reducido a si fuimos “buenos” o “malos” o, en efecto, a qué tan “crueles” y “sanguinarios” fueron los otros–, sino desde cómo lidiamos en el presente con las consecuencias que el colonialismo sigue produciendo sobre fenómenos como el racismo, la xenofobia o los problemas de integración ciudadana. Porque nosotros –los españoles del presente– no somos culpables de los excesos del pasado, pero sí somos responsables de qué hacer con tales excesos. Es decir, sí somos responsables de cómo, a través de un debate serio y reflexivo, fomentar el desarrollo de una sociedad cada vez más plural, inclusiva y tolerante. 

4) En relación con todo el “debate colonial”, el ministro de cultura sostiene que “Lo estamos acabando de ver. La voluntad es ir poco a poco”. Al parecer, el Gobierno tiene la intención –todavía no declarada, más allá del tibio intento del ministro Iceta a finales de 2022– de empezar a discutir el asunto. Ahora bien, cabría preguntarse cuáles van a ser los términos de este debate. Esto es, si lugares como el Museo de América o el Día de la Hispanidad van a ser parte de esta apertura, sin olvidarnos de instrumentos como la “Ley de Memoria Democrática”, que podría dar lugar a una ley parecida, pero centrada en la memoria colonial y/o de la esclavitud. De todos modos, para nosotros la pregunta más importante es sobre quiénes van a intervenir y a quiénes se va a convocar a participar en todo el proceso. ¿Va a ser un debate abierto a toda la ciudadanía? ¿Se va a convocar a otros países, pueblos y culturas? ¿Sí?, ¿Dónde y/o quiénes van a elegirlos? ¿Qué peso se le va a dar a los historiadores, antropólogos y a otros especialistas, tanto de España como de otras latitudes, sobre todo de América, Asia y África? ¿Y a las comunidades de inmigrantes, muchas de ellas descendientes y/o herederas de culturas colonizadas, racializadas y esclavizadas? ¿Qué sitio van a ocupar en todo el proceso, qué lugar se le va a conceder a otros saberes, lenguas y experiencias no necesariamente hegemónicos ni occidentales? Desde la Asociación Española de Historia Pública estamos convencidos de que este es un debate que debería estar abierto a toda la ciudadanía atendiendo a sus respectivos intereses y sensibilidades, en donde no todos los saberes y opiniones deberían tener el mismo peso, pero en donde sí deberían ser al menos escuchados. Se trata, en definitiva, de abrir el diálogo y de no negar el debate. Porque, tal y como sucedió con las diferentes reacciones a la entrevista al ministerio de Cultura, Ernest Urtasun, no todo el que quiera o considere oportuno romper el silencio hegemónico sobre la memoria colonial y de la esclavitud es un enemigo de España ni un embajador de la leyenda negra.  

Todas estas preguntas parten de un supuesto muy básico, casi elemental y que, sin embargo, todas las repercusiones vinculadas a las palabras del ministro Urtasun parecen pasar por alto. De una u otra forma, todos seguimos en busca de una única historia, de esa historia “final”, “verdadera” y “definitiva” sobre el colonialismo, la esclavitud y la historia de España fuera de sus fronteras. Más allá de todos los debates en los que los historiadores están inmiscuidos desde hace décadas, casos análogos y tan espinosos como la Guerra Civil nos demuestran que no es tan sencillo como parece. Las diferentes versiones sobre el colonialismo existen en boca de los americanos –y, sobre todo, de las poblaciones más explotadas y racializadas–, pero también de generaciones de europeos que vieron cómo el proyecto de expansión colonial reconfiguró las dinámicas sociales, políticas y económicas de su propia cultura. No todos los españoles se beneficiaron del colonialismo, como no todos los indios, negros, filipinos, etc., se vieron perjudicados por el contacto con los europeos. Las poblaciones de Europa padecieron un poder análogo al de las colonias, lo que no significa que España –o, si se quiere, la gran mayoría de potencias europeas– no se hayan beneficiado en exceso del proyecto de expansión colonial. De esta manera, si existen distintas versiones sobre la historia del colonialismo, estas versiones existen no solo porque hay diferentes culturas, sino por una razón casi evidente: ¿cómo podría existir una única versión de uno de los acontecimientos más importantes y duraderos de la historia de la humanidad? ¿Cómo podría existir un único discurso sobre un proceso que afectó a la vida de millones de personas, que esclavizó y racializó a comunidades enteras y que, además de ser constitutivo de fenómenos como el capitalismo o la modernidad, modificó el mapa mundial de poder y riqueza y que, de hecho, inventó lo global, al menos tal y como lo conocemos? 

Al negar que la historia del colonialismo y la esclavitud debe ser algo que merece la pena ser discutido, estamos rechazando dos elementos centrales de la democracia. Primero, el simple hecho de que no todos somos iguales, que tenemos distintos pasados, distintas memorias, distintas experiencias y, por ende, distintos proyectos de vida. Segundo, también estamos negando que, a pesar de sus falencias y dificultades, la democracia sigue siendo la mejor forma de resolver estas diferencias de un modo pacífico y participativo. Por último, al rechazar que la historia del colonialismo debe ser algo que merece la pena ser problematizado en el espacio público, estamos perdiendo una gran oportunidad de crecer como país, en el sentido más cívico del término, profundizando en el pensamiento crítico y en aquellas preguntas que, aun siendo incómodas, son muy necesarias para mejorar nuestras capacidades de diálogo, tolerancia y respeto.

Hay debates que surgen cuando menos se los espera. Llevamos mucho tiempo renunciando a colocar el tema del colonialismo en el centro del debate público; ahora bien, hay ya demasiada presión para que ese momento no eclosione. Puede que las “problemáticas” palabras del ministro no detonen la discusión o el diálogo en torno al tema, pero se nota en los medios que hay un runrún que empuja, que hay temas vinculados a nuestro pasado que no pueden ser solo materia de expertos que discuten en los pequeños círculos académicos. El colonialismo, la conquista, el esclavismo, la circulación asimétrica de culturas, la subalternidad, la vulnerabilidad…, son todos ellos temas incómodos que llaman a nuestra puerta. ¿La abrimos?


   



Construyamos actividades juntxs en 2024

Queremos, en este 2024, vincularnos a todos los colectivos y personas interesadas en colaborar y participar activamente en diversas actividades que permitan la difusión del conocimiento histórico, conectando la disciplina con la sociedad en general.

Por ello invitamos a enviarnos aquellas propuestas de actividades en las que consideren podamos contribuir. Para ello deben enviar como archivo adjunto a la dirección de la AEHP (asociacion@historiapublica.es) el formulario que anexamos. Lxs interesadxs recibirán respuesta en un plazo máximo de dos semanas desde la recepción del correo. 

Construir y poner en marcha actividades en conjunto nos permitirá crear redes, intercambiar ideas y robustecer proyectos que fomentan la comprensión pública de la historia.

Queremos, desde la Asociación Española de Historia Pública, contribuir a un diálogo significativo y accesible sobre nuestro pasado común. Para seguir haciendo posible que la historia sea un bien común.

Historia Pública: una herramienta democrática

El pasado mes de octubre se celebró el III Festival de Historia Pública en el Centro Cultural La Corrala de la UAM. En este artículo, el investigador Jesús Izquierdo Martín nos comparte algunas claves para entender la Historia Pública como un campo de estudio que implica a historiadores y ciudadanos en la discusión colectiva del pasado.

Por: Fernando Escribano Martín*

La “historia pública” puede parecer un concepto lo suficientemente ambiguo como para que cada uno pueda pensar en una definición, y seguramente sea adecuada. Una vez que rompemos el dique de que la historia solo la pueden hacer los profesionales, —cuando la realidad dice desde hace mucho que esto no es así— su definición siempre puede ser una aproximación, pero incluso esto también sirve.

         Se parte de la idea de que la Historia es un bien común, y de que la Historia Pública nace para implicar a historiadores y ciudadanos en la discusión colectiva del pasado; para convertir la historia en una herramienta democrática.

Así expuesto, las posibilidades que se abren son infinitas en cuanto a narradores, investigadores, lenguajes, temas o protagonistas. Hay distintos modos de hacer, es cierto, pero también hay que intentar hacerlo bien, señalar las fuentes de modo correcto y honesto, diferenciar opinión de análisis, no ocultar, no tergiversar, lo que hacen o debieran hacer siempre los historiadores, y por eso parece tan adecuado que estos estén involucrados en esta apertura democrática y seria de la historia a la sociedad.

Hay distintos modos de hacer, es cierto, pero también hay que intentar hacerlo bien, señalar las fuentes de modo correcto y honesto, diferenciar opinión de análisis, no ocultar, no tergiversar, lo que hacen o debieran hacer siempre los historiadores, y por eso parece tan adecuado que estos estén involucrados en esta apertura democrática y seria de la historia a la sociedad.

         La Asociación Española de Historia Pública nace con el objetivo de contribuir al debate sobre los usos colectivos del pasado y a la democratización de la razón y el conocimiento históricos. Esta asociación, en la que participamos investigadores de la UAM, ha desarrollado ya una serie de actividades que dan cuenta de lo que pretenden y llevan a cabo, como el Primer Festival de Historia Pública, en 2021, con la participación en su organización de la Casa de Velázquez; el Segundo Festival de Historia Pública, en 2022, también celebrado en el Centro Cultural La Corrala; y el Primer Laboratorio de Historia Pública, celebrado en abril de este año en la Facultad de Filosofía y Letras de la UAM.

         El pasado mes de octubre se celebró el Tercer Festival de Historia Pública, que se articuló en torno a tres ejes: la irrupción de memorias plurales, divergentes y contrahegemónicas, su relación con el auge de discursos cada vez más excluyentes y reaccionarios y, siempre en el marco de una sociedad plural, de vocación reflexiva, la transmisión de relatos, saberes y experiencias por fuera de los cánones consagrados del mundo académico.

         A lo largo de dos días de trabajo, de interacción y de discusión, el festival se organizó en cuatro mesas, además de otras actividades, que desarrollaron a su vez cuatro temáticas: a) las deudas y ausencias del discurso hegemónico sobre la democracia en España; b) la lucha y resistencia de la memoria obrera, así como su materialización en el territorio; c) la relación entre el pasado colonial y el presente multicultural de la sociedad española d) y, de un modo trasversal a todo el campo social, la creciente visibilizarían de las luchas feministas y de otro tipo de disidencias sexuales.

         Para intentar explicar qué se estaba haciendo, qué significa el concepto, en relación con el festival, y con el curso que sobre Historia Pública la UAM planea sacar como título propio en el curso 2024-2025, preguntamos al profesor Jesús Izquierdo Martín, director del curso y de la Asociación Española de Historia Pública, de qué estamos hablando.

¿Qué es la historia pública?

La historia pública es una actitud y disposición de los profesionales de la historia más abierta al despliegue de los relatos históricos hacia públicos más amplios que los académicos, a la diversidad de los lenguajes sobre el pasado (desde el cómic al videojuego) y la aceptación de la corresponsabilidad entre ciudadanos e historiadores en la creación de dichos relatos, en una suerte de interpretaciones sedimentadas (por ejemplo, artistas, historiadores y museólogos en una exposición).

¿Quiénes hacen hoy la historia? ¿Quiénes la deberían hacer?

La historia profesional nunca ha podido monopolizar los relatos sobre el pasado. Comunidades, movimientos o instituciones han intervenido en la construcción histórica o memorial. Lo que ocurre es que en los dos últimos siglos las crisis han incentivado el «pensar históricamente», esto es, la necesidad de explicar situaciones que no podían darse por descontado, a lo que se ha sumado el descredito de algunas de las instituciones que tenían la legitimidad para hablar sobre el pretérito. Estas han sido dos condiciones cruciales para la profusión de participantes en la construcción del conocimiento histórico fuera del ámbito académico. Siguiendo esta línea, se podría decir que, aunque el historiador tenga funciones exclusivas en el quehacer histórico, los ciudadanos deben ser invitados a participar ya no solo como sujetos que portan testimonios, sino también como personas que aportan miradas y perspectivas que pueden agregarse en los discursos históricos; como autores ya no solo como actores.

La historia profesional nunca ha podido monopolizar los relatos sobre el pasado.

¿Cualquiera puede ser historiador?

No se trata de arrasar las funciones del profesional de la historia en una suerte de un saber indisciplinado. Más bien, se trata de compaginar las funciones del historiador vinculadas a la temporalización de los enunciados, el comparatismo, las capacidades de verificación de los datos, etc. con otros lenguajes y miradas que intervienen en la construcción del relato histórico o memorial. La corresponsabilización del saber entre expertos y no experto no implica necesariamente perder para el historiador.

Como parte de las actividades desarrolladas en el marco del Tercer Festival de Historia Pública, se presentó la Colección Editorial de la AEHP/UAM y de sus primeros dos libros: Salud y shalom. Conversaciones con excombatientes judíos de la brigada internacional Abraham Lincoln, de Joseph Butwin, Edward Baker y Anthony Geist; y Problemas de hoy, palabras de ayer. La moderna explotación del trabajo a la luz de la esclavitud antigua, de Domingo Plácido.

Ambos libros son magníficos ejemplos de lo que lleva a cabo la Asociación, recuperar y tratar temas que se salen del ámbito estrictamente académico, o reinterpretar nociones del pasado que están más de actualidad de lo que queremos pensar. Esto es también historia pública.

*Fernando Escribano Martín es doctor en Historia por la Universidad  Autónoma de Madrid y la  Università degli Studi di Roma La Sapienza. Actualmente es profesor de Historia Antigua en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, y cursa el Título de Experto en Comunicación Pública y Divulgación de la Ciencia de la UAM.

Este artículo fue publicado originalmente en UAM Gazzette. El artículo puede consultarlo aquí.

Asamblea Extraordinaria

Querida socia/o, querida amiga/o:

Os convocamos a la Junta Extraordinaria que celebraremos el próximo día 15 de diciembre, a las 17:00h en primera convocatoria y a las 17:30h en segunda convocatoria de forma virtual.

Enlace Google Meet: https://meet.google.com/zqt-cmpm-odo

 Orden del día:

  1. Aprobación del acta de la anterior reunión ordinaria (Adjunta)
  2. Informe del presidente
  3. Presentación de cuentas anuales (ejercicio 2022-2023)
  4. Elecciones a Junta Directiva.
  5. Asuntos varios
  6. Ruegos y preguntas

Las candidaturas pueden presentarse hasta el día 7 de diciembre (inclusive) por email a saul.martinez@uam.es, y pueden ser tanto candidaturas personales como de equipos directivos completos.

Candidatura 1:

Jesús Izquierdo Martín (Presidente)

Emiliano Abad García (Secretario)

Paulina Berrios (Tesorera)

Ian Farouk Simmonds (Vocal)

Arturo López Zapico (Vocal)

Miguel Martínez (Vocal)

Saúl Martínez Bermejo (Vocal)

Alicia Montero Málaga (Vocal)

Sistema de votaciones: votación presencial y on-line. La delegación de voto debe cumplimentarse de acuerdo con el formulario adjunto y enviarse igualmente por email hasta el día 7 de diciembre (inclusive) a saul.martinez@uam.es

Atentamente,

Saúl Martínez Bermejo

Secretario AEHP 

Call for papers –  7th World Conference of the International Federation for Public History

La Asociación Española de Historia Pública anuncia la 7ma. Conferencia Mundial de la Federación Internacional de Historia Pública International Federation for Public History (IFPH) que tendrá lugar del 3 al 7 de septiembre de 2024.

La conferencia está organizada por el Centro de Historia Contemporánea y Digital de Luxemburgo (C²DH), el tercer centro de investigación interdisciplinario de la Universidad de Luxemburgo, que se centra en nuevos métodos y herramientas digitales para la investigación y la enseñanza histórica. El C²DH es también la sede de la IFPH.

Compartimos el call for papers en este enlace: click aquí

Segunda jornada de estudios IRN-Histemal: Justicia, memoria y resiliencia en los mundos ibéricos – Un balance tentativo de los estudios memoriales

COORDINADORES: Jesús IZQUIERDO MARTÍN (Universidad Autónoma de Madrid), Frédérique LANGUE (CNRS-IHTP), Evelyne SÁNCHEZ (CNRS-IHTP)

ORGANIZA. École des hautes études hispaniques et ibériques (Casa de Velázquez, Madrid), Universidad Autónoma de Madrid, Institut d’histoire du temps présent (IHTP), International Research Network CNRS-InSHS


LUGAR:

  • CASA DE VELÁZQUEZ
    C/ Paul Guinard 3 – Madrid

  • ¡Las jornadas se podrán seguir en línea

Link de acceso a la sala virtual: univ-paris8.zoom.us
ID de reunión: 990 8005 5365 – Contraseña: 989791

Presentación:

En el espacio público, las cuestiones memoriales han ido cobrando singular importancia, más allá de la consabida dimensión patrimonial e incluso museografiada del asunto, así como de un persistente efecto de moda historiográfica. Se han convertido, a nivel colectivo, en uno de los retos más significativos de una historia del tiempo presente, confrontada con la búsqueda de la verdad y de la justicia llevada muy a menudo por actores externos a la escritura profesional de la historia, siendo estos en gran parte institucionales. En parte devaluado por el uso desmedido del mismo, el término “memoria” sigue siendo, sin embargo, un indicador imprescindible del carácter democrático de las sociedades aludidas.

La relación a los pasados traumáticos, más o menos recientes, plantea además la manera como estas experiencias trágicas se “sobrellevan”, dicho de otra forma, los modos de resi-liencia que propician la actuación o supervivencia de víctimas y testigos en las denominadas“sociedades de memoria” y sus consabidas “comisiones de la verdad”. Este encuentro se centrará, por lo tanto, en un balance tentativo de los estudios memoriales en nuestro campo,en los usos desvirtuados del pasado que plantean, y en las controversias que surgen con fre-cuencia fuera de las aulas (tema de la historia pública), con marcada intromisión de lo político e incluso de las ideologías de turno.

De ahí los dos ejes en que se centrará este encuentro: los excesos memoriales en el espacio público (derrumbe de estatuas y monumentos, traslado de archivos incluidos) y la falsifica-ción de la historia y consiguiente manipulación de la memoria en pro de una historia oficial,incluyendo tanto los contextos de comisiones de la verdad y justicia —y la problemática de las“víctimas”— como de conmemoraciones.